La acuicultura desempeña un papel cada vez más importante en la seguridad alimentaria mundial, aunque opera bajo una presión creciente. Las densidades de cría más elevadas en las piscifactorías amplifican la carga biológica sobre los sistemas de agua, mientras que las instalaciones en aguas abiertas se enfrentan a una tensión cada vez mayor derivada de la variabilidad climática y la contaminación. Ninguno de los dos entornos se autorregula.
Una medición fiable es lo que mantiene la productividad de estos sistemas. La monitorización de los parámetros clave de la calidad del agua influye directamente en la tasa de crecimiento de los peces, la conversión del pienso y la salud de la flora y la fauna circundantes. También determina la eficiencia con la que se utilizan los recursos: la sobrealimentación, el agotamiento del oxígeno y la acumulación de compuestos tóxicos conllevan todos costes medibles. Los operadores que mantienen las condiciones dentro de los rangos óptimos reducen su huella ambiental y protegen tanto el rendimiento como la integridad del ecosistema. Los gestores de instalaciones de acuicultura, los responsables de cumplimiento medioambiental y los técnicos de piscifactorías dependen todos ellos de datos precisos y oportunos para tomar las decisiones correctas en el momento adecuado.